El Cairo que vi con los ojos de Atef

El Cairo, una urbe inconmensurable que se escapa de las pirámides y los bazares para mostrarse como es, con la autenticidad de una ciudad que vive al margen de las guías y los turistas. 

A un año del primer aniversario del alzamiento contra la dictadura de Mubarak en Egipto hay un viaje que vuelve a la memoria.

La caída del rais fue un momento histórico pero fue, sobre todo, la confirmación de un cambio. La llamada primavera árabe florecía con hechos concretos, más allá de los gestos. Y el pueblo egipcio dio una lección. Para llegar hasta ahí y para continuar el camino iniciado las víctimas se suman en centenares. La represión, antes y después, se ha cebado con la población egipcia.
Y la Plaza Tahrir sigue siendo un corazón que grita, que denuncia, que exige alimentos, libertad, casa, sanidad, educación, que no quiere una democracia impuesta y que sigue acumulando muertos por la revolución.
Sigo con atención las informaciones que llegan de Egipto (sabiendo que toda es escasa) y las sigo, en este caso, con profunda intensidad por el cariño que le profeso a este país desde que lo conocí, en agosto de 2009, por todo lo que me enseñó. El Cairo fue un punto de inflexión y lo fue porque lo descubrí con los ojos de Atef.

Olores

Olores

El Cairo, la capital de ese Egipto de faraones, dioses, dinastías, jeroglíficos, templos, tumbas, tesoros, desierto, pirámides, el Nilo inconmensurable y una historia que sobrepasa a quien intenta asimilarla en unos días, tiene todos los ingredientes para estimular los sentidos, pero los tiene si alguien se ofrece de manera espléndida para mostrarlo como merece, sin maquillajes ni fraudes, con la honestidad de una ciudad que vive como es, con sus cairotas abarrotando sus calles, con su riqueza patrimonial y con la pobreza de tantos. El Cairo sale de la Ciudadela y de Kan kahili para posarse en toda su extensión sin pudores, esperando que se vea, que se pise, deseando no pasar inadvertida. Toda esa fuerza que acumula esta urbe de más de 20 millones de habitantes se absorbe cuando te empujan a conocerla.

bullicio

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Atef fue mi cicerone. Tenía entonces 26 años. Era un universitario cairota, estudiante de español, que se ofrecía para mostrar El Cairo, con lo que amaba de ella y también con lo que aborrecía. Pisar el asfalto. Oler su comida. Probar sus sabores. Deleitarse con su belleza. Sortear su caótico tráfico. Conocer su pobreza. Descubrir a su pueblo.
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Decía que le encantaba aprender del que llega. Se notaba, a pesar de su profunda timidez, por las conversaciones que mantenía y por cómo escuchaba; pero él también quería algo: que los que llegábamos, aprendiéramos de él. Por eso mostraba más que el itinerario planificado para la visita.El Cairo, Egipto, la cultura árabe o la religión islámica son mucho más que los tópicos que acumulamos o los consejos que llenan las guías de viaje. Atef era consciente de que llegamos, generalmente, cargados de prejuicios. Quería romperlos. Quería cambiar la idea que podíamos tener de su país, romper una lanza en favor de los egipcios, mostrar que no se mueven por dinero, aunque el regateo como transacción comercial forme parte de su modelo de negocio y a nosotros nos resulte tedioso. Sabía que tenemos mil y un estereotipos sobre el Islam y que en occidente, de manera mayoritaria, existe desconfianza hacia ellos. Por eso, argumentaba con historia, experiencia personal y visitas. cuál es la esencia de su credo para quien quisiera escucharlo. Por eso, te acercaba a una mezquita para que escuchásemos cómo rezan, para que quien estuviese dispuesto, con el sonido de su oración, y aún no entendiendo la plegaria lanzada, pudiera sentirse en paz mientras tañía, de manera acompasada  en todas las mezquitas de la ciudad, la llamada que sugería detenerse un rato en el camino cuando terminaba la tarde.


Atef enseñaba la vida cotidiana de El Cairo porque la vida latía en esta ciudad al margen de los monumentos y los carteles que guían al turista en manada para que saquen la foto en frecuencias de tiempo planificadas.Te mostraba sin tapujos lo mejor y lo peor de El Cairo. Recorría contigo kilómetros para introducirte en el desierto y contemplar cómo éste se mezcla en el paisaje con un mar de palmeras mientras observas la majestuosidad de las pirámides.

Te llevaba a sus restaurantes para que comas su comida, a un bar escondido en un callejón para tomar un té con los autóctonos y a fumar una cachimba mientras el ruido de los cláxones seguía taladrando los tímpanos aunque fuese de madrugada. Porque allí también la conversación se alargaba, como en cualquier bar de cualquier lugar donde uno se reúne con amigos.


Te acercaba a un patio con encanto para que disfrutases y te emocionases, sin pasar por caja, con el espectacular baile de los derviches, con su ímpetu, con su música, con la vorágine de colores que desprenden los movimientos y la estética de esta danza que posee y desprende una fuerza casi mística.
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Y antes de dormir, si el viajero estaba de acuerdo, te subía en un velero para recorrer el Nilo a oscuras, escuchar su murmullo y enfrentar las estrellas al skyline de esa ciudad que no duerme nunca. Te invitaba a un zumo natural en uno de los cientos de puestos callejeros donde al instante convertían un mango o la caña de azúcar en el brebaje necesario para recuperar la energía que se va desgastando en el intenso paseo por las calles.

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Y te bajaba del coche en la ciudad de los muertos para ver, sin el cristal como tamiz, cómo vivían esos miles de personas que convirtieron, por pura necesidad, las tumbas en sus casas y comprobar, aunque escuezan las entrañas, cuál es la realidad de una vida que transita, por pura injusticia, en la miseria; donde la basura se amontonaba sin control y los niños se impresionaban ante la contemplación de un bolígrafo.

Ciudad de los muertos

Ciudad de los muertos

a la puerta de casa en la ciudad de los muertos

a la puerta de casa en la ciudad de los muertos



Atef fue la compañía necesaria para conocer la vida de El Cairo. Para que esta ciudad me conmoviese como pocas. Te explicaba lo que veías y respondía a todas las preguntas. Describía con detalle la realidad y la idiosincrasia de un país, el suyo, que más allá de su descomunal historia es uno más en este siglo XXI aunque muchos sólo lo hayan querido contemplar como un lugar repleto de monumentos portentosamente fotogénicos.

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mujeres

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Recuerdo que Atef quería visitar España para conocer Santander. Supe de él a finales de enero pasado. Estaba bien. Después le perdí la pista. Lo imagino luchando, viviendo con intensidad este tiempo nuevo e incierto, esperando un Egipto democrático, con una vida digna para todos. Así lo pienso. Lo recuerdo, con profundo agradecimiento, como los ojos que me mostraron El Cairo. Una ciudad a la que espero volver. 

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