I hope so

Historias de los refugios

Caminar en la montaña es, además de una experiencia única, un reto para quien lo decide. Belleza. Fuerza. Esfuerzo. Ganas. Fotos. Sorpresas. Paisajes. Horizonte. Dudas. Y miedo.

Hay un momento, cuando la travesía se pone difícil, que el camino te pone a prueba. Y el cerebro es el músculo que paraliza o activa. Depende de uno. El trayecto que conduce del Refugio Frey al Refugio Jakob, en Bariloche (Patagonia Argentina), desciende, en uno de los tramos, por un pedrero. Rocas, piedras, pedruscos de todos los tamaños que se desprenden a cada paso que das.

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Y la pendiente es pronunciada. Desde arriba, con el susto, parece inacabable. Tenemos que bajarlo. Miro el reloj. Cuento el tiempo. Hay que concluir el camino de día, con la luz del sol. Miro mis pies. Me agarro donde puedo. Me ajusto la mochila para que el peso no sea un problema. Un paso. Se desprenden un montón de piedras. Las oigo caer. No veo huellas de quienes nos han precedido. El suelo parece deshacerse a cada paso que doy.  Difícil. Escucho los consejos de mi compañero. Tranquila, dice. Vamos. Ven por aquí. Pisa en este lado. Sígueme. Vale. No me esperes, digo. Dame la mochila, me dice. Será más fácil. No, no. La mochila la llevo yo. Aquí se comparte el peso, faltaría más. Amenazo con una nueva pisada y cuando estoy a punto de clavar la suela… No puedo. Me paro. Me agarro a una roca grande.

La abrazo, asiéndome al miedo. Y lloro como una niña. Hipando. Miro hacia arriba y no quiero deshacer el camino. Miro abajo. Imposible. Vuelvo a mirar el reloj. La cuenta atrás ¿cuánto nos falta? Tenemos que llegar de día, repito como una letanía. Siento que el tiempo avanza y se pone en mi contra. Respiro. Ya está, digo, vamos. Mi compañero de viaje aguanta estoicamente mi parálisis. Maldito miedo. Venga, vamos. Vete bajando, le digo. Tengo que poder, me digo.  Quiero llegar al Jakob. Quiero seguir disfrutando de la belleza de esta travesía y el cerebro se ha impuesto, poniéndome a prueba, frustrándome. Un paso. Bien. Otro. Sí. Encuentro la técnica. Me la había sugerido mi camarada pero he tenido que encontrarla yo, descubrirla a golpe de ensayo y error. Pura terquedad. Voy esquiando por la arena, arrastrando las piedras. Avanzo. Lenta, pero avanzo. Y miro el reloj.

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Oigo algo. Miro a la derecha y veo un hombre mayor que desciende a una velocidad impresionante, ¿de dónde ha salido? Estoy tan enfadada conmigo que digo: eso, hasta ese señor me pasa. Llega al final y lo veo desde lejos que se para a beber agua. He conseguido ir más rápida, ahora que he descubierto la clave. Voy concentrada. Aprieto  las piernas. Siento cada músculo de mis extremidades esforzándose. Llego. El hombre nos ha esperado. Saluda. Tiene un aspecto estupendo. Sonríe mientras sigue bebiendo de su cantimplora. Lleva una mochila pequeña. Dos bastones, uno en cada mano. Habla inglés. Tiene el pelo blanco y lleva puestas unas gafas de sol. En dos minutos nos relata lo que nos queda de recorrido: un bosque largo, tranquilo, una subida y un pedrero más. Y antes de llegar al refugio, un mallín. Agradecemos su resumen y le decimos que nos vemos allí. Él responde “I hope so” (eso espero). Cree que no voy a ser capaz de lograrlo, pienso. ¡Qué soberbio! comento. Comemos algo y sigo mirando el reloj. Me he obsesionado con la luz. Estoy satisfecha pero quedan varias horas para llegar a destino. No podemos detenernos mucho. Hay que acelerar el paso. El bosque es un bálsamo. Tranquilidad para los pies y espectáculo para la vista.

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Nos volvemos a encontrar con el hombre. Se ha parado a comer algo. Está de pie. Nos saluda. Le adelantamos y le perdemos de vista durante un buen rato. Tal y como él nos había descrito, después del bosque y de un ascenso hay que bajar un nuevo pedrero. Ahí están otra vez las rocas y las piedras y los pedruscos. Vuelve el miedo. El terreno difiere del anterior y la técnica aprendida antes no me sirve del todo. Me enfado. Miro el reloj. ¿Cuánto nos queda de luz? pregunto. Un paso, otro. Me resbalo. Estoy bien. Me levanto. Maldigo. Miro el paisaje y es impresionante pero mi cabeza no me deja disfrutarlo.

el último pedrero

Vuelve el hombre. Se para a  mi lado. Le dejo pasar. Él conoce el camino. Se nota. Sonríe y nos pregunta si queremos cenar en el refugio. La cena debe solicitarse con tiempo y se ofrece para hacer la petición en nuestro nombre. Otra vez duda de mis capacidades. Se nota. Debe pensar que soy una inútil. Accedemos a su propuesta. Observo cómo se pierde en el horizonte. Rápido.

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Yo, más lenta todavía. Intento bajar sentada. No es una buena idea. Me pongo de pie. No quiero el bastón. Ahora sí. No se acaba nunca. Veo el refugio entre árboles encharcados de colores, a los pies de un lago increíble. Es hermosa la vista. Un rincón de ensueño. Tengo que llegar. Y llego, de momento, al final del pedrero.

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Aún no hemos terminado. Pero ahora es otra cosa. Después de lo pasado, puedo con lo que venga. Lo digo en voz alta. El mallín tiene barro, como todos los mallines, pero qué me importa. Bendito sea el fango (que por cierto, no es tanto). Que me ensucie lo que quiera. Es la parte dulce del paseo. Por el sendero que conduce al refugio se ve el humo saliendo de la chimenea. No me lo creo. Lo he conseguido. En el último tramo, además de la satisfacción por haberlo logrado (y de llegar con luz del sol) sigo rumiando los comentarios despectivos de nuestro compañero de travesía. ¡Qué prepotente! digo. Abrimos la puerta. Julieta, la refugiera encargada del Jakob, sale a recibirnos con una sonrisa. Ha seguido nuestro último descenso con prismáticos, para cuidarnos. ¿Cómo ha ido, chicos? pregunta. Difícil, le respondo. Bueno, ahora ya estáis aquí, me responde, sin darme opción a la queja. Entramos. Todo de madera. Cuelgan tazas del techo. Huele a comida. Hay gente conversando en las mesas. Otros leen. Alguno cabecea. Otro escribe concentrado. Algunos descansan sobre los colchones. Quitarse las botas es la mejor definición de haber concluido el camino. Los pies lo gritan, exultantes. Me merezco una cerveza bien fría, digo. Nos sentamos al lado de la ventana, junto a los fogones. Uf. Lo he hecho. Salimos al lago. Un regalo. Una vez más, la recompensa del esfuerzo. Entramos de nuevo al refugio. Me tomo mi cerveza que tiene el sabor del triunfo. Deliciosa. Suena Jorge Drexler: “…Y que sea, lo que sea“… me emociono. Respiro. Parece un cierre perfecto.

el refugio Jakob

El hombre del camino entra en salón. Se sienta junto a la ventana, cerca de nosotros. Toma notas en un cuaderno. Nos sonríe. No sé cómo comenzamos a hablar con él. Además de inglés habla un español casi perfecto. Es de Inglaterra pero lleva más de veinte o treinta años (no recuerdo la cifra exacta) viviendo en Chile. Se dedica a la enseñanza. Habla con pausa. Sereno. Sus ojos tienen una luz incomparable. Le proponemos cenar juntos mientras charlamos, y le invitamos a compartir una botella de vino con nosotros. Hay que celebrarlo. Acepta humildemente. Mientras comemos nos cuenta cómo llegó a Chile. Cómo se enamoró de Latinoamérica, mientras recuerda entusiasmado un concierto de Pink Floyd en directo, en Londres, cuando era joven. No puedo dejar de mirarle. Escucho con atención cada una de sus palabras. Las enhebro con calma, para que no se me descosa ninguna. Efectivamente conoce bien el recorrido que hemos transitado esa mañana. Son muchas las veces que ha hecho el camino. Casi siempre solo, como en Nepal, como en Chile o en Europa. Es un amante de la montaña. De la vida. Un viajero incansable. Un hombre valiente que se está poniendo a prueba. Entre plato y plato se confiesa. Hace un año se rompió la cadera y en esta travesía quiere probar si puede seguir disfrutando, con la misma intensidad, una de sus mayores pasiones. Al día siguiente se levantará temprano para llegar al refugio Laguna Negra. Es una travesía realmente complicada, sin señalización y con tramos de dificultad severa. No apta para cualquiera. (Yo esta vez no pienso intentarlo). Quiere probar. Dice que es el recorrido que más le gusta y el refugio más especial. Ahora es él el que pide otra botella de vino para compartir con nosotros. Le interrogamos a preguntas. Contesta. Cuenta. Narra, con una templanza envidiable, cada uno de los caminos, de los viajes, de las experiencias. Nos apunta en  nuestro cuaderno, consejos para conocer Perú, otro de sus lugares predilectos. Y sigue contando. Una lección de vida. Tiene casi 70 años y con una prótesis en la cadera se ha puesto en marcha para comprobar hasta dónde puede llegar. Asumiendo las limitaciones. Sin miedo a lo que la vida le depare. Con todo el respeto del mundo a la naturaleza y a sí mismo. Mientras le escuchamos fascinados pienso en mi prejuicio, en cómo interpreté equivocadamente sus palabras a lo largo del camino. Le cuento que tuve miedo y que fue difícil para mí. Me mira, asiente con un leve gesto de cabeza, diciéndome con sus ojos que sí, que es así como se vive. Él también lo hace.  Al día siguiente se levantará para intentar concluir el tramo más complicado. Por eso pronunció el “I hope so” (eso espero). Mi crítica feroz (y egocéntrica) pensó que aquel comentario, a los pies del primer pedrero, era una burla a mi torpeza, cuando en realidad hablaba por él. Terminamos el vino hablando de todo. Se retira a dormir, tiene que descansar para estar en forma. Ha llegado hasta aquí. Tiene pendiente el próximo paso.

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Una auténtica lección. Un regalo. Una cura de humildad en toda regla y un millón de anotaciones que escribir en el cuaderno.

Le despedimos en el desayuno deseándole suerte. Lo va a conseguir, sobre todo, porque quiere hacerlo. Y llegó bien al Laguna Negra. Lo logró.
Se llama Andrew. Fue un maestro. Ojalá siga queriendo y pudiendo. I hope so.

Más fotos de la travesía en el álbum FREY-JAKOB del Flickr EternomadE

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