Crónicas de China (I)

Shanghai como puerta de entrada. La inmensidad minuciosa

David Hume dijo: “si no experimentas el sentimiento correcto de la belleza es por falta de la delicadeza de la imaginación necesaria para ser sensibles a las emociones más sutiles”. De eso se trata, de sutilezas. En ellas se produce el clic, en ellas se dibuja la línea apenas perceptible que convierte un lugar común en un destino extraordinario. Esa transformación se produce en lo asombroso y en lo molesto, en lo delicioso y en lo desagradable, en lo que une y en lo que separa, en las sensaciones y en las percepciones, en lo tangible y en lo etéreo, en lo real y en lo imaginario. Y en China, las sutilezas son imprescindibles; son las lentes necesarias para corregir la miopía.

Dónde se expresan los matices

Al amanecer parece que el mundo estuviese despertando, como una metáfora de nosotros mismos tras una noche de insomnio. Pero si al amanecer, en agosto, uno aterriza en Pudong International Airport, Shanghai no dormita, está tan despierta que su aliento caliente te arrolla nada más poner un pie en tierra. La humedad pesada te aniquila posándose sobre ti como si a Atlas se le cayese el mundo de sus manos. Y sin embargo nadie parece derrumbarse mientras el recién llegado siente que va desintegrándose antes de subir al coche que le llevará a la ciudad.

 

A priori, en la primera impresión, se asemeja a otras grandes urbes. Shanghai podría ser otras muchas ciudades. Pero no es otras. Es ella es misma. Enseguida da muestras de su carácter. Se deja ver. O mejor dicho, se intuye, porque el cristal del coche y la velocidad que exige la autopista sólo permiten una mirada lejana. Hasta que se posa un pie en el asfalto. Ahí Shanghai no sólo se pisa, también se toca. Y en lo alto y en lo ancho, Shanghai es inabarcable. Espectacular. Impenetrable. Desproporcionada. Bella. Agotadora. Absorbente. Tranquila. Incansable. Perturbable. Asequible. Convencional. Inquieta. Seductora. Inagotable. Heterodoxa. Opulenta. Paupérrima. Puro contraste. Todo en una. Todo en ella.

La ciudad de la ropa tendida

Shanghai se erige en rascacielos imponentes y se extiende en normales edificios de ladrillo o en inmensas torres de hormigón que no ocultan cómo desgasta la irremediable pátina del tiempo. Y entre inmueble e inmueble, en los estrechos callejones que los separan y donde la vida transita como si se hubiesen levantado mínimas ciudades, cuelgan montones de ropa. Sábanas, bragas, pantalones, vestidos, camisetas, sujetadores, calcetines, calzoncillos, faldas… la intimidad de sus ciudadanos tendida al público, aireándose, como si en ese gesto se lanzasen al viento las intimidades de alcoba, los problemas de trabajo, el agotamiento del cotidiano, la pesadez de los días… como si el olor a jabón pudiera hacer lo suyo, neutralizar con su aroma fresco y limpio la pesada humedad pestilente, pero sobre todo significando la vida porque donde cuelga la ropa la vida se susurra cada vez que una prenda se mueve tras cada sutil golpe de aire.

 

Escondidos entre la ropa que cuelga, como si de un velo se tratase, los vecinos, ajenos a la vorágine que grita a tan sólo unos metros, pasean por los callejones como si estuviesen al fresco en el pueblo, cuando se busca la sombra en las agotadoras jornadas de verano. Semidesnudos y con un paipái de paja como remedio para el sofoco, arrastran los pies mientras conversan, juegan a las cartas, dormitan esperando la caída del sol o miran cómo pasa otro día.

 
 
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