Viajar de Occidente a Shanghai sin escalas

Shanghai, ciudad ecléctica, espectacular, viva, creciente. Creciente como China. Una ciudad llena de hermosos parques, como uno espera de China, y constata por todos lados. Con una rica historia arquitectónica que muestra su evolución hacia esta ciudad ultramoderna, pujante, que se eleva verticalmente con la gran Perla como líder, a través de sus enormes edificios luminosos, tanto como los cientos de megapantallas que publicitan todo cuanto podemos comprar en sus incontables malls, shoppings y mercados.

En muchos sentidos, Shanghai es muy occidental, hasta exageradamente occidental.

La vida que alguien que llega de occidente puede hacer acá no difiere de lo que puede hacer en cualquier otro lado: restaurantes de todo origen local o internacional, discotecas, karaokes. Pero pese a todo esto, no se trata de una ciudad occidental, obviamente.

Aunque parezca no, hay diferencias

Y ahí se genera una doble fascinación, eso de estar en un lugar que puede parecer igual a los que acostumbramos transitar, pero que esencialmente es muy diferente, está en otra frecuencia, donde vemos que su cultura, las costumbres, la dinámica social y laboral, las relaciones humanas, desde los amigos hasta cualquier desconocido, son diferentes.

El mito del karaoke

Y, justamente, el karaoke es un gran exponente de estas diferencias, cómo el famoso entretenimiento chino es abordado, es sorprendente no sé si para todo occidental, pero sí para un latino. Para comenzar, los karaokes no son como los que podemos conocer en occidente, un bar lleno (o no tanto) en el que la gente se anota para cantar y el resto escucha; no, consta de un bar y un número de salas de karaoke independientes a las que se accede a través de pasillos, que cada grupo de amigos puede reservar para cantar sin la intromisión de desconocidos. En la sala, la pantalla cubre una pared, frente a la que se encuentran una mesa baja, los asientos y un par de carpetas con las listas de canciones en chino y en inglés. Una visita a un karaoke en un grupo conformado por locales y occidentales es una experiencia inolvidable: así como los locales se esfuerzan para cantar a la perfección (y la mayoría lo logra), mientras el resto del grupo respetuosamente escucha y aplaude, los extranjeros (al menos los latinos) arengan a los demás para que se sumen, se ríen de las propias imperfecciones o le dan apoyo al que está cantando. El concepto de diversión parece ser muy diferente al que acostumbramos en nuestras culturas latinas.

El reto de comunicarse en China. Con el inglés no basta

De la misma manera, los típicos problemas de comunicación son mayores de lo esperable. Porque dependen mucho más de las diferencias culturales y los presupuestos, que de un simple problema de traducción. Aunque el viejo chiste de traducir una palabra con una frase y una frase con una palabra es rigurosamente cierto y muy habitual, seguramente eso se deba mucho menos a cuestiones idiomáticas que de contexto: la traducción no se limita a la mera traslación del sentido al otro idioma, sino que exige una explicación, una contextualización. Posiblemente eso se potencie por el hecho de que los idiomas occidentales tienen una forma de estructurarse sobre la construcción de frases, mientras que las lenguas que se hablan en China los hacen sobre conceptos.

Con tantísimas diferencias culturales y otras tantas similitudes y afinidades crecientes, motivadas seguramente por la nueva apertura de China, estar un tiempo más largo que un simple viaje turístico es suficientemente estimulante como para dejarse influir por una cultura tan rica como disímil con la nuestra. Como toda experiencia que sea muy diferente para nuestra cotidianidad, estar un tiempo en esta ciudad, vivir Shanghai, enriquece, evidencia nociones y comportamientos propios que uno da por naturales, para que podamos ser más conscientes de cómo somos, cómo nos desenvolvemos en situaciones poco comunes para cada uno de nosotros y cómo nos vamos adaptando a cada nueva realidad sin siquiera darnos cuenta. Todo eso lo vamos notando poco a poco en cada acción cotidiana. En un lugar tan público e impersonal como puede ser el subte/metro de Shanghai, donde al principio uno se puede sentir cabalmente un extraño, cuando cada día, en cada uno de sus viajes nos cruzamos con millones de chinos que nos observan con la curiosidad con que uno miraría a unos amistosos seres extraterrestres. Luego comienzan a vislumbrarse algunas sonrisas como señal de empatía.

Superar las barreras culturales

Poco a poco algunos (inicialmente los jóvenes) acercan y preguntan de dónde somos o se ofrecen a orientarnos y, finalmente, descubrimos que varias personas se han acercado durante un día a conversar largamente con nosotros, la mayoría con la intención de practicar su inglés y todos con curiosidad sobre nuestros culturas y orígenes, que la mayor parte de las veces no conocen: ni Argentina, ni Sudamérica (que confunden con América, es decir Estados Unidos), incluso ni España. Todo esto aumenta el desafío de la comunicación y el estímulo para superar las etéreas barreras culturales.

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