Burgos, mucho más que frío

La primavera anima el paseo, más cuando ésta se ha adelantado y sorprende al viajero, sobre todo en una ciudad a la que el refranero popular, probablemente alimentado por la evidencia y la experiencia, le ha concedido sólo dos estaciones: la del tren y el invierno (según relata una oriunda del lugar).

Burgos, la ciudad peregrina, se muestra esplendorosa en este marzo insólito donde el sol caluroso obliga a buscar la sombra en un recorrido inspirado por la espontaneidad a la que invitan sus calles y que provocan los  edificios homogéneos que se otean al paso.

En la Iglesia gótica de San Lesmes, unos pocos (más bien unas) retardan el trajín mañanero de una jornada laboral. Un grupo de alumnos de secundaria atienden la explicación veloz y sigilosa de su joven profesor mientras un puñado de ancianas desperdigadas por los bancos mascullan oraciones sin apenas inmutar al silencio.

El arco de San Juan es la puerta por la que accedemos al Burgos monumental, eminentemente gótico, que nos lleva a la majestuosa Catedral que se impone a la vista desde cualquier rincón de la ciudad.

Arco de San Juan
 
Catedral de Burgos

Y en el camino, galerías blancas en los edificios, burgaleses en las calles, peregrinos llegando al destino en una etapa más que dan por concluida, viajeros varios que disfrutan esta urbe castellana repleta de fachadas aristócratas, plazas, templos, solemnes monasterios y bares que desprenden un aroma que abre el apetito.

Calle San Lorenzo

Habría miles de paradas para detener el paseo e ingerir manjares que recuperen las fuerzas. La Mejillonera es nuestra elección. Sin mesas para sentarse, apostados en la barra, comemos una ración de mejillones picantes, unos calamares con salsa y unas patatas bravas. El Ribera del Duero tinto le da textura a la sed.

Al otro lado del Río Arlanzón y dándole la espalda a la ecuestre escultura del Cid Campeador, el Museo de la Evolución Humana cobra todo el protagonismo, por su magnitud, por sus materiales y por una estética que difiere de la del otro lado del puente.

Museo de la Evolución Humana
 

Burgos, como cualquier ciudad de provincias, se adormece a mediodía. Hay un par de horas en las que todos parecen haberse escondido. El momento resulta idóneo para abandonar el centro por la ribera del Río para llegar el imponente Monasterio de las Huelgas, al que accedemos por un barrio residencial en el que las casas presumen de lujo, tamaño y en este caso, y sin que sirva de precedente, de belleza.

Monasterio de las Huelgas

Y en el mediodía discreto, acompañados por el clima, merece alargarse el paseo, atravesar la muralla por la puerta de San Esteban y subir escaleras(sin necesidad de contarlas), para llegar al Castillo. La intención no es tropezarse con un caballero de armadura o una linda doncella tras los muros de la fortaleza si no disfrutar de la panorámica y hermosa vista de la ciudad que se contextualiza en el paisaje y nos permite imaginar cómo era el entorno en los orígenes de Burgos.

Por cierto, no será tema de este post, tal vez de otros, pero vamos abriendo boca y debate; Burgos, como tantas otras ciudades, tiene una serie de esculturas anodinas que representan a personajes supuestamente tradicionales o enternecedores cuya razón de ser podría cuestionarse (nosotros lo hacemos). Al margen de esta valoración subjetiva, Burgos merece parada y posta, una mirada tranquila para contemplar su belleza y la piel dispuesta para demostrar que allí la primavera también existe.

Disfruta todas las fotos de Burgos en nuestro Flickr EternomadE

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