Es Madrid

Madrid es Madrid porque no pretende ser. Madrid, simplemente y por suerte, ES.  Podríamos recorrernos cada barrio, entrar en los museos, en las galerías, en los centros comerciales, en las tiendas minúsculas y sobrevivientes que te sorprenden en cualquier esquina, en los miles de bares que te convierten en un devoto sediento cada vez que pones un pie en el asfalto; en los parques, en los palacios, en las iglesias, en los jardines aristocráticos o reales, en las corralas de Lavapiés, en los portales forrados de mármol, en las edificios atestados de los barrios más populares, en los balcones monárquicos o en los republicanos, en las mansiones del norte opulento, en los estadios de fútbol, en el rastro dominical o en cualquier boca del metro, y no encontraríamos nunca una única característica que identifique a Madrid.

Y sin embargo Madrid es ella y no admite comparaciones. Es imposible.

Madrid no pretende ser, Madrid es, y es como amanece cada día, como le va cambiando el humor en el transcurso de las horas, es como le sientan las porras del desayuno y como digiere los calamares de mediodía, es como le permite el tráfico que colapsa la M·30, y como le pinta al cielo velazqueño, es como termina la jornada laboral y como se pasea por la Puerta del Sol, es como disfruta del exquisito vermut de grifo y como se vislumbra (con contaminación o sin ella) el horizonte a los pies del Palacio Real.

Palacio Real

En Madrid viajas al mundo cada vez que sales a la calle. Madrid es más babel que nunca y más interesante, más rica, más bella, más intensa, más popular, más sofisticada, más étnica, más cosmopolita y provinciana, más enérgica, más bulliciosa, más generosa y más hospitalaria que nunca. Madrid es un modelo de convivencia. Se siente. Se ve. Se vive.

C/ Lavapiés

Madrid escenifica las posibilidades y la grandeza que solo puede gestarse en lo heterogéneo.   Las señoras emperifolladas en pieles y ahorcadas en perlas comparten aceras con  subsaharianos que venden discos en las mantas como método de subsistencia, con hindúes que han intensificado los olores y enamorado los paladares de la ciudad, con los deportistas que corren por la ciudad sudando adrenalina, con los ejecutivos que llegados de todas partes pretenden hacer el negocio del siglo, con los jóvenes del resto de provincias de España que esperan convertir sueños, sostener emprendimientos, descubrir otros mundos, otros aspectos, otros espacios; con los asiáticos que han inundado de bazares los barrios, con los políticos que apenas se escapan de la Carrera de San Jerónimo o de la Plaza de la Marina Española, con los alumnos Erasmus y con otros, con las abuelas que aún recuerdan el paupérrimo Madrid de la posguerra y con los trabajadores que llegaron de cualquier parte y le dieron vida, con los hijos que tuvieron, a esos barrios donde los chicos jugaban en la calle y la ropa se tendía en las ventanas sin pudor ni mandatos estéticos.

Mujer cansada

Madrid es la ciudad de los museos. La de las grandes pinacotecas con obras que son reclamo para miles de turistas, que día a día hacen cola para embobarse con el arte de todos los tiempos y es también espacio para la cultura alternativa, la que se gestiona en la Tabacalera o la que se propone en la Casa Encendida, la que se hace en tantas casas y en las calles y en los parques, incluso la que se muestra en los escaparates o en los cafés, ahora que el tiempo nos ha enseñado que allí donde se le conceda un espacio, el arte se manifiesta para el disfrute del que esté dispuesto a contemplarlo.

Terraza del Reina Sofía

Madrid es ecléctica sin pretenderlo y es modelo en las formas. Se nota. Sin embargo, en los últimos tiempos, y probablemente debido a una psicosis generalizada y global, Madrid está custodiada por policía como nunca. En todo el centro de la ciudad aparecen grupos de agentes uniformados a pie, a caballo o motorizados que miran, paran o interrogan sin aparente motivo. Y los habitantes de Madrid y los turistas y los que están de paso lo notan, lo sienten, lo sufren. Esa invasión, aparentemente defensora de una seguridad que no parece necesitar escoltas, incomoda a los vecinos (en especial en el barrio de Lavapiés, que cuenta con excesiva presencia policial) e incluso son bastantes los que se enfrentan a los agentes en lo que consideran un abuso y una amenaza para que surja una explosión de violencia, así lo reflejaba una información publicada en El País, del domingo 25 de marzo de 2012 .

Mal que les pese a muchos, Madrid es un bálsamo. Es agotadora, arrolladora, es un elixir contra los prejuicios, un antídoto contra el conservadurismo que apela al inmovilismo de los espacios y las personas para que todo permanezca, para que nada cambie, no vaya a ser que asuste. Madrid es una ciudad que es como es porque deja que cada día suceda la vida, con los que están, con los que llegan. Madrid no pretende nada. Madrid quiere ser. Madrid ES. Y nos encanta.

Disfruta las fotos de Madrid en nuestro flickr EternomadE

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