Semana Santa en León. Los dolores como prólogo

Dicen que León es escondite y guarida del frío; que sus gentes son cazurras hasta en la mirada; que las palabras que pronuncia son austeras y que las piedras que la engendraron permanecen impasibles incluso más allá de las heridas que pretenden minarlas. Y su belleza, tan delicada como muda; tan extensa como olvidada; tan perfecta como negada. Siglos han esculpido su historia; personajes que han inventado maneras, estigma de la identidad que acumula la fortuna de un lugar como éste que encandila al visitante y enorgullece a sus crías. Y en este rincón donde la luz es espectáculo, donde el cielo emborrona un azul irrepetible, su Semana Santa modifica los tópicos y convierte lo desconocido en parada obligada. La tradición se erige en timón de un velero que aglutina a curiosos y devotos, a entusiastas y escépticos sin venias ni licencias. León se transforma en una Semana que compagina el arte con la fe y el silencio con el bullicio. León deambula desnuda para engalanarse con cada uno de los retales que van esbozando su atuendo.
El Viernes de Dolores pone en marcha la maquinaria. Todos miran al cielo esperando descifrar si el clima será benévolo. Nunca las isobaras y las borrascas han preocupado tanto. Con la venia del meteorólogo todos salen a la calle.
Plaza del Grano
“La morenica”

En la Plaza del Grano (esa en la que el tiempo parece haberse detenido), la morenica, una piedad autóctona venerada durante siglos en la Iglesia de El Mercado, es levantada a hombros por hombres serios, custodiados por una marabunta de mujeres que sostienen velas al tiempo que mascullan oraciones y hacen pandilla durante la penitencia.

Esto es preludio de lo que irá viniendo: de las largas procesiones, de las esperas, de las cabezas cubiertas, de las cruces martilleando el suelo, de las horquetas imponiendo el paso o de los cirios chorreando cera.

Esta primera secuencia ha encuadrado el panorama por el que discurrirá esta realidad secular que tiene más que ver con la tradición popular que con el fervor religioso. Los penitentes ya son solo papones, hombres ataviados con túnicas y cubiertos con capillos; las plañideras son solo manolas, mujeres que lucen mantilla, peineta y una altura vertiginosa en los tacones afilados con los que arañan el suelo; el ayuno se diluye en las paradas gastronómicas que han sustituido a las estaciones del via crucis, donde las limonadas suplantan las oraciones.

Churros en San Marcelo

Manzanas y almendras garrapiñadas
Tras los Dolores del viernes, el sábado de Pasión multiplica las escenas. Y la multitud. Los pasos se mecen, se bailan, al ritmo de las bandas que interpretan, con tambores y cornetas, melodías que alivian el peso y suscitan aplausos copiados de otros lares. Y las calles que acumulan la historia de esta ciudad anochecen invadidas de imágenes religiosas, de mirones, de músicos, de beatas, de arte original y de imitaciones, de olores y sabores, y de la vida de miles de personas que diez días después habrán desaparecido sin dejar apenas rastro.
Sábado de Pasión ante el Palacio Botines de Gaudí

Antes de eso, León, a lo largo de toda la semana, asumirá el tacto que se distingue en la gente que se toca en el barullo; en los braceros que se agarran el hombro en un gesto que los hermana; en los dedos que aferran las velas; en los pies descalzos que acarician el suelo congelado en un gesto flagelante que rubrica la enmienda; en las suelas de los zapatos lustrados que masajean el asfalto en el raseo inconfundible. Queda eso y más. Toda una semana.

Más fotos en el Flickr EternomadE

 

 

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