Penitencia pasada por agua…

… Pascua soleada

El encabezamiento de este post podría parecer un refrán. No lo es. Es la descripción empírica, el resultado de la observación, de la experiencia, del recuento de varias voces escuchadas en los bares, en las veredas y en los balcones. En la Semana Santa de León (en el resto de España también)la lluvia, torrencial en algunos momentos, ha sido la protagonista.

Los católicos dirían que es la providencia, tal vez una penitencia reincidente o una maldición bíblica; el resto podrían hablar de la casualidad, de la versatilidad de la primavera leonesa o incluso de mala suerte. El caso es que desde el lunes y hasta el viernes santo el agua ha caído en la ciudad como no pasaba hace meses (según cuentan los ciudadanos).
esperando bajo la lluvia

El lunes se suspendieron por lluvia todas las procesiones (leer el post anterior). El martes, el agua concedió una tregua pero el frío acompañó a la procesión del Perdón, así que un año más, en la Catedral leonesa, se produjo el indulto de un preso de la cárcel de Mansilla de las Mulas. También recorrieron las calles las imágenes marianas de la cofradía de las Angustias.
El miércoles, de nuevo miradas al cielo, y que sí, que para, que no, que parece que aclara…  y se precintó tanto el cielo que la procesión de la amargura salió para dar la vuelta enseguida y a la carrera.
El jueves, día festivo, más de lo mismo, que sí, que no… la cofradía de las marías consiguió salir (se mojaron, eso sí); la Cena, un año más, se quedó atracada en la plaza de la Catedral. Pero nadie se resguarda en casa.
La gente se queda en las aceras, esperando, por si acaso, por si deciden que salen, por si escampa… y si no sale la procesión se mudan a los bares, que las limonadas y las tapas consuelan las frustraciones de los que se han puesto la túnica, de los de las bandas que llevan todo el año ensayando y no han tocado un solo minuto, de las madres emocionadas que querían contemplar a sus retoños con la insignia del abuelo, de los voyeurs persistentes… Otra vez será.
Genarín (el borracho al que se honra con orujo en la noche del jueves mientras en todas las iglesias se celebra la Hora Santa) no le tiene miedo al agua. Y sale e inunda la noche de alcohol y fiesta.
El viernes, de madrugada, el diluvio universal se cierne sobre la ciudad. Los devotos de Genarín regresan a sus guaridas dando tumbos por las esquinas, los cofrades de Jesús Nazareno caminan hacia la Iglesia de Santa Nonia, por si para de llover. La gente sale igual a la calle por si se produjese el milagro. Parece que no llueve más. Los pasos se sacan a la calle. Los papones pasan lista y agarran el brazo del paso que les corresponde. Las bandas se preparan. Suena la ronda y sale la procesión. La lluvia se va escapando y llegan a la Plaza Mayor (repleta, como siempre, de gente, y esta vez también de paraguas). Llueve con ganas pero nadie se mueve. Todos quieren ver el encuentro. Cuando el paso de Juan asoma por la calle Plegaria la multitud cierra sus paraguas para que todos los que están en la plaza puedan ser testigos del momento. Y Juanín se arrodilla ante la Dolorosa mientras Jesús Nazareno contempla la escena.
El agua empapa las imágenes,las túnicas de los papones, los instrumentos de las bandas, las cámaras de los curiosos… la procesión se suspende. En ordinaria (veloces como pueden), los pasos vuelven a la iglesia de la que salieron. La gente les acompaña durante todo el recorrido. La lluvia cae como nunca. Parece el diluvio universal.
Por la tarde no habrá más suerte. Ni las Siete Palabras (que lo intentan sin éxito) ni el Entierro pueden pisar la calle.
El Sábado amanece más generoso aunque con un frío invernal. Pero no llueve y la Soledad puede recorrer la ciudad y el desenclavo puede descender al Cristo de la cruz.
Y como si fuese una intuición del relato que se ha escenificado en las calles, el Domingo de Pascua amanece con un sol radiante y  el cielo se ha hinchado de azul, como si tuviese motivos para la celebración. El resucitado sale a las calles para al encontrarse con las vírgenes camino del sepulcro provocar un estruendo de alegría que muda los mantos negros en blancos, que quita los capirotes de las cabezas, que modifica las marchas fúnebres por la 9ª Sinfonía de Bethoven y llena la calle de gente que se quita los abrigos y pasea al sol o brinda en las terrazas.
Los que creen dirán que el día no podría ser de otra manera, que se han vencido las tinieblas y que ha ganado la luz; los que no disfrutarán de lo caprichoso que es el clima, especialmente en primavera. De todos modos, por casualidad, fe, suerte o providencia, todos los domingos de Pascua sale el sol.
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