Cuando no te dejan dormir en el aeropuerto hay que buscarse la vida

Como esta entrada es continuación de la anterior, para evitar que algunos se pierdan en la historia, recapitulemos: nosotros habíamos salido de León, al anochecer, hacia el aeropuerto de Asturias (vía Oviedo). La idea era dormir en la terminal debido a que nuestro vuelo a Barcelona salía temprano. La posibilidad de haber viajado durante la madrugada desde León no era óptima; quedaba poco margen para la conexión entre autobuses y poca antelación para facturar. Tras el transbordo y un escueto paseo por Oviedo (ver flickr), llegamos a las 22:30 al destino. En principio, parecería que el aeropuerto comenzaba a transformarse en ese lugar sin tiempo en el que los viajeros descansan. Pero la duda sobrevolaba. Algunas señales acentuaban el descrédito. Nunca antes nos había sucedido pero ¿y si lo cerraban? Preguntamos. Y se confirmó el peor de los presagios. Efectivamente, en apenas dos horas, con la llegada del último vuelo, comenzarían a cerrarse todas las puertas, a pesar de la programación de varios vuelos para primerísima hora de la mañana siguiente. No podíamos esperar tanto. Había que buscar alternativas. Soluciones para una noche fría en el entorno de un aeropuerto de provincias.Cuando no te dejan dormir en el aeropuerto hay que buscarse la vida

La única opción era regresar a alguna estación de buses de las ciudades cercanas: Oviedo (desde donde habíamos venido) a 40 minutos, Gijón, a 35, o probar en la más pequeña, Avilés, a 15, que estaba al lado de la de tren y nos parecía que permitía una solución más.

Estación de buses de Avilés. Cerrada

Estación de buses de Avilés. Cerrada

En 20 minutos (23.15 h.) estábamos en Avilés. Ambas estaciones cerraban a la medianoche. Teníamos que buscar un lugar para hacer tiempo hasta las 6 h, momento en el que salía el primer bus al aeropuerto. Hacía frío y apenas paseaba nadie por la calle y sin embargo, frente a las dos estaciones y en una ciudad pequeña, donde el transporte de viajeros queda suspendido desde la medianoche hasta las 6.30h., encontramos un bar abierto las 24 h. ¿Quién iría un martes a la madrugada al bar, además de nosotros? ¿Qué pasaría en ese tiempo? Todo estaba por descubrir. Parte de la aventura. Prólogo del viaje.
Bar nocturno

Entramos y nos recibió Eros Ramazotti a todo volumen, encabezando la típica emisora de radio de soul, pop y baladas cuya cortina presentaba clásicos maravillosos que llegaron a cuentagotas. Dos cafés y alguna cosa más acompañaron la trasnochada, mientras escribíamos este post y sosteníamos las cabezas y los párpados. La encargada fregaba las mesas y los suelos con amoníaco y lejía. Para evitar un colapso respiratorio, suponemos, abría de par en par las puertas para ventilar y para invitar al bar a los pocos grados sobre cero que había en el exterior. Una vez limpio y con las puertas ya cerradas, un goteo de personajes fue participando de una noche singular que alternaba entre la sordidez y el costumbrismo, entre las soledades que desnuda la noche y los encuentros que se precipitan allí donde las luces permiten la entrada. Curiosamente y pese al frío, llegó gente apenas abrigada;  unos compraron cigarrillos y snacks, otros tomaron café o cervezas. Una pareja se besaba en los sillones negros de cuero. Un grupo de trabajadores, compuesto por un portugués y dos o tres asturianos, discutía a los gritos sobre las condiciones pésimas de su trabajo; algunos solitarios ojeaban el periódico, y un ludópata pasaba horas en una apuesta con la suerte, regalándole monedas a la tragaperras.

Mesa de trabajo

Pocos fumadores desafiaban persistentemente al frío en la terraza.

En toda la noche, nosotros nos repartimos una hora y media de sueño cada uno, mientras el otro custodiaba la espera y seguía escudriñando un escenario anodino del que sería injusta una única descripción. Cuando apenas quedaban quince minutos para que pudiésemos subirnos al bus que nos llevaría al aeropuerto, tres mujeres de edades indefinibles y de lugares diversos entraron acompañando a un anciano. El hombre comía un milhojas relleno de merengue; dos de ellas pidieron sendos chupitos de whiskey mientras la tercera apostó por una infusión. Como si de un esperpento de Valle Inclán se tratase, las tres mujeres conversaban con el anciano que hablaba de una hermana mientras las invitaba a compartir el dulce y ellas elogiaban su vitalidad y energía entre risas que parecieran más de adolescencia que de madurez, en un burdo intento de seducción. Podían estar de retirada o comenzando el día. Quién sabe. Aún quedaba un rato para que despuntase el alba. Por esa barra y esas mesas habrán seguido desfilando hombres y mujeres con historias o silencios y que habrán tenido como banda sonora las frecuencias repetidas de los clásicos que caben en la emisora seleccionada en el dial. Nosotros sobrevivimos a la noche y esta vez tuvimos que hacerlo en ese bar, donde se reúnen otros, con otras búsquedas y esperando otros periplos. Al llegar a la estación de autobús recién abierta ayudamos a un señor mayor a sacar pasaje al aeropuerto en la máquina expendedora. Un señor agradable que nos dio charla. Y nos preguntó a dónde íbamos. A Barcelona, respondimos. Agregó que había elegido hacer el servicio militar en la ciudad Condal hacía unos cincuenta años para conocerla y se había enamorado de ella, aunque ahora ya no le gustaba más. No quisimos preguntarle por qué.

Aeropuerto al despertar

Cuando llegamos, el aeropuerto ya estaba en marcha, despierto. Nuestro vuelo salió en hora. Nos quedamos dormidos antes del despegue.

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