Genuina Barcelona

Hay muchas ciudades emblemáticas. Si tuviésemos que elaborar un elenco de las más deseadas, visitadas e invadidas, Barcelona se pelearía por estar en los primeros puestos. Sin duda. Está claro que tiene atributos para ello. Y muchos.

Hay que ser justos, la Ciudad Condal tuvo la suerte de tener a Gaudí, que fue desperdigando genio, sensibilidad, belleza y revolución en la estética de los edificios que iban componiendo la urbe. Pero además, y como si fuese un preámbulo visionario, antes del Modernismo hubo una Edad Media en la que el Barrio Gótico era el espacio de los transeúntes, mercaderes o clérigos y que hoy se mantiene intacto (y mejorado, imaginamos) para insinuar cómo fue.                                        

Y tiene el Borne, que alberga la majestuosa Basílica de Santa María del Mar al tiempo que se llena de modernos y alternativos ciudadanos cosmopolitas que se deleitan con los espectáculos del Palau de la Música o las propuestas off de teatros que se esconden en los viejos edificios del barrio.

Y por si esto fuera poco, hay un Raval, un barrio ecléctico, heterogéneo, una babel espontánea que se erige y crece al oeste de las Ramblas para  acoger a una parte importante de la inmigración internacional que ha llegado a Barcelona en los últimos años. Y luego tiene mar y un barrio que se abalanza sobre la playa y le regala el nombre a la Barceloneta, a la que te empujan esas calles estrechas donde los balcones se tocan y se contagian la frescura de la ropa que cuelgan.


Barcelona tiene el Paseo de Gracia, con su lujo sofisticado, con sus edificios imponentes e impolutos y la amplitud de una avenida que denomina el barrio contiguo donde la vida transcurre al compás de la gente que habita, con el ritmo que impone el cotidiano, rechazando el estrés que aplica el visitante.

Esa es parte de la Barcelona de los tours que anuncian las agencias, esa que es imposible abarcar porque rebosa paradas obligadas. La que agota por la saturación de guiris que con sus guías, planos, prisas, cámaras y colas interminables y abrumadoras inundan la mitad del mapa.
Y hay otra. Otras, mejor dicho. Porque Barcelona también tiene barrios donde las señoras charlan en los portales, donde el quiosquero sabe qué periódico compras todos los días, donde el café que te tomas después de comer no es un robo a mano armada, donde hay un centro cultural  con actividades semanales o un cole público para los niños; donde la gente utiliza la bici del bicing o aparca la vespa a la puerta de casa porque en Barcelona es un placer práctico y asequible moverse sobre dos ruedas.
Es la ciudad que tiene un barrio como el Poble Sec, que en los años 50 se llenó de españoles que emigraban a Barcelona desde las regiones paupérrimas del país y que hoy lo eligen para vivir numerosos jóvenes que buscan una casa asequible; quizá por esa esencia acogedora, por las calles que se suceden desde el Paralel hasta Montjuic, los domingos, si el tiempo lo permite, las terrazas llenan las aceras e invitan a tomarse un vermut y a escuchar música en directo.

Sí, Barcelona es una ciudad abierta, cosmopolita y hospitalaria. Lo fue siempre. Lo sigue siendo. Por eso también es meca para muchos, porque sabe encandilar. Y lo consigue. Y lo hace en multitud de idiomas. Porque hay que decirles a los que critican, desde el prejuicio y el desconocimiento, que en Barcelona se habla catalán, claro, porque es la lengua de esa tierra, pero se habla mucho menos de lo que pudiera parecer, incluso de lo que sería lógico. Se habla muy poco catalán en todas las zonas turísticas. Para escuchar una conversación natural en esa lengua, habrá que salir a los barrios. Es importante esa aclaración para los que aseguran (no sabemos con qué referencias) que los barceloneses no harán el esfuerzo por entender al otro y hacerse entender ellos. Siempre hay excepciones pero en la generalidad, esta apreciación es falsa. Barcelona abre sus puertas al que llega y por eso se habla catalán (repetimos, es su lengua materna) pero se habla mucho más castellano y también inglés, francés o alemán. Se habla en el código, verbal o gestual, en el que se produce la comunicación entre quienes quieren entenderse. La manera de expresarse es tan sugerente como el aspecto que muestra. Con ambas, Barcelona seduce y enamora. Le sobran los motivos y no caben todos en este post.

Si quieres ver alguno más, visita nuestro álbum Barcelona
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