Viaje a la escuelita rural de Misiones (III)

Las redes humanas

Nos hemos desacostumbrado a demasiadas cosas, tanto, que cuando las recuperamos, aunque sea mínimamente, somos mucho más conscientes de la pérdida. El viaje a El Soberbio, la presencia en la escuela, el trabajo colectivo y la convivencia con las familias (padres e hijos) y el maestro nos lo han demostrado.

El leit motiv del viaje era la construcción en la escuela del baño seco ecológico (compuesto por inodoros y mingitorio), que sustituyera las viejas letrinas, con el agregado de cuatro lavatorios con espejos y jabón. Este proyecto se complementaba con la formación de los más pequeños en hábitos prioritarios de higiene personal, así como llevarles ropa y calzado. Todo eso hubo. Trabajo intenso que permitió la conclusión del baño en el tiempo previsto. A contrarreloj. Clases de higiene. La entrega de ropa y calzado a las familias… Pero hubo mucho más. Mucho de todo eso de lo que en otros ambientes, vertiginosos y virtuales, hemos perdido y olvidado. Y todo eso, que sobrepasó a lo demás, atravesó el objetivo prioritario para engrandecerlo por todos sus costados y a nosotros, los cinco que llegamos sin saber lo que este viaje iba a depararnos.

El viaje

El viaje

La suma de muchos multiplica

Antonio “el Polaco”, Edelmiro, Silvio, Teobaldo, Harold, Cacho, Héctor (algunos de los padres) y Gustavo (el maestro) adelantaron el trabajo. Solo disponían de un boceto del baño a lápiz y de las explicaciones de Gustavo que, después de algunas conversaciones telefónicas, tenía un poco más de información al respecto que el resto. A eso tendríamos que llamarle fe, al fin y al cabo de eso se trata, de creer en lo que uno no ha visto. Y ellos la tuvieron, por eso empezaron la obra. Parte de la estructura del baño estaba hecha cuando nosotros llegamos. Los padres se iban turnando. Algunos estuvieron todos los días. Desde las seis de la mañana y hasta la caída del sol. Trabajaron a pleno pulmón. Sin descanso. Solo las paradas necesarias para recuperar fuerzas y darle sorbos al tereré (mate frío muy refrescante), comer o ir contemplando cómo iba tomando forma la idea que solo, y no demasiado, se intuía en el papel. Sumaron sus manos, abandonaron por unos días el trabajo en su chacras para terminar el baño para sus hijos, aportaron sus herramientas, su risa, su satisfacción por formar parte, sus sugerencias, su precisión, su confianza y su sabiduría (sin el exquisito oficio de Cacho con la madera y la motosierra, por ejemplo, hubiera sido más difícil). Y eso contagió a los niños que también colaboraron en la edificación de su baño (ayudaron a pintar, sostuvieron clavos, decoraron las paredes y trasladaron arena). Sin esa dedicación plena conjunta no hubiera sido posible concluir la obra y haberlo disfrutado como lo hicimos.

Pintando la puerta

Pintando la puerta

Haciendo la estructura

Haciendo la estructura

Camilo pinta

Claudio pinta

Alrededor de la mesa

Mientras se iban levantando las hileras de ladrillos, y se alzaban los listones de madera, y se clavaba el tejado, y se alisaba el cemento, las madres y hermanas mayores iban dejándose ver. Fueron llegando Karina, Sandra, Alicia, Lucía, Claudia y varias más. Algunas colaboraron en el trabajo físico, otras aparecían con comida que se iba sumando y que iban cocinando; llegaron pepinos, choclos (maíz en mazorca), un pollo, un pato, arroz, unos pimientos, un zapallo, unos porotos (alubias), un pan casero, y dos y hasta tres, y un bizcocho de ricota, mandarinas recién extraídas del árbol, un poco de cerdo… y así hasta hacer una mesa gigante que se fue agrandando cada día de los que estuvimos ahí porque sí es en la mesa donde se comparte lo que uno tiene, donde se comenta el trabajo, donde se mira lo que uno ha hecho y se planifica lo que queda pendiente, donde se manifiesta la generosidad del que comparte lo que tiene y el agradecimiento del que recibe.

Las mujeres toman mate después del trabajo

Las mujeres toman mate después del trabajo

Y así, poco a poco, en el trabajo y en la mesa, fuimos compartiendo la vida que esos días se concentró en el terreno de la pequeña escuela rural. Cuatro días intensos en los que tejimos unas sólidas redes humanas, donde redescubrimos el valor del colectivo, el sentido de comunidad, el resultado del trabajo comprometido y no menos importante, el placer del juego, porque mientras los adultos se repartían las tareas, los pequeños corrían y reían alrededor, jugando como hacía mucho que no veíamos, llenándose de polvo sin complejos o viajando en una carretilla por la intensa tierra roja que tiñe la selva misionera.

El resultado de un gran trabajo en equipo

El resultado de un gran trabajo en equipo

Juego de niños

Juego de niños

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