Un viaje por los suelos

Es probable que el título de este post resulte un poco extraño. Es probable que muchos lo lean pensando en la hilera de desgracias que van a encontrarse detalladas con un encabezamiento como este. Lo sentimos. Nada que ver.

Este es, literalmente, un viaje al suelo granadino. Mejor dicho, a los suelos. Porque son muchos. Y diferentes. Y hermosos. Sucios. Impolutos. Desgastados. Renovados. Grises. De colores. Geométricos. Finitos. Inmensos.

Bien es cierto que el suelo no se valora. Se pisa. Y listo. Pero el suelo, más allá de su escasa reputación es la conexión con la tierra, el cable que nos sostiene. De hecho, la etimología de esta palabra –solum– nos lo recuerda: suelo es lo que nos sostiene a algo.  El apoyo.

Sí, el suelo es un asidero, el sostén con la tierra para que no se nos escapen las raíces. Y de vez en cuando es interesante hacer el ejercicio de detener nuestra atención en la base que abraza nuestros pies para permitirnos continuar el camino.

Miramos el horizonte. Los tejados de los edificios. A la gente. Los ríos. El mar. El cielo y sus colores. Las copas de los árboles. Las ventanas ajenas. Pocas veces prestamos atención al suelo. Es como si estuviese mal visto, como si agachar la cabeza fuese un síntoma de oscuridad en el que baja la mirada.

Nosotros nos rebelamos y contemplamos con detención y un inmenso placer las virguerías de los suelos granadinos que regalan escenas diversas, tiempos sucedidos e incluso detenidos, colores para acariciar los pies, dibujos que sugieren historias o manos artesanas que dedicaron paciencia y gusto a armonizar nuestro asidero.

Bien es cierto que los suelos de Granada juegan con ventaja. De hecho, solo en La Alhambra el arte de los árabes destinó atenciones y belleza por igual a las paredes, a los techos y a los suelos. Y el resultado es evidente. Pero hay más. Estos suelos que mostramos se encuentran en rincones. En edificios que fueron casas de gentes importantes. O en iglesias.  A la puerta de una vivienda común en un barrio corriente. En la entrada de un conservatorio. Tienen colores elegidos por algún motivo. Piedras. O mármol. Han podido perder las formas y tal vez desteñirse en el transcurso del tiempo; quebrarse por las esquinas y seguir soportando peso. Llenarse de manchas. De moho. Se enriquecen o se afean con los remiendos o las incorporaciones que asumen. Pero cuentan, como todo lo demás.

Al fin y al cabo, los suelos son las manos que abrazan los pasos que recorren el lugar elegido.

Si te ha gustado esto tal vez te interese…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s