Patagonia argentina: llegar al Tronador conducidos por su murmullo

Nuestro viaje a la Patagonia argentina fue hace dos años, en el inicio del otoño austral. En aquel momento, este blog no existía, así que aunque tomamos notas, no lo habíamos contado. Es uno de tantos relatos pendientes. Ahora, cuando en el hemisferio sur aparece el calor del verano que se asoma, el invierno de estas latitudes nos ha recordado ese frío incipiente que sentimos cuando hicimos nuestra ascensión al Tronador para hacer noche en uno de los refugios del Club Andino Bariloche. Así recorrimos y así vivimos el camino.

río

Los colores espléndidos de las lengas en otoño

Empezamos el camino en Pampa Linda. El valle anfitrión es un paraje hermoso que nos recibía para comenzar la travesía. Ahí empieza a escribirse el prólogo de una narración que contará con todos los elementos para atrapar a quien se deje seducir por la historia, en la mejor de las aventuras.

caminando

El otoño por estos lares es bravo. Si las nubes hacen acto de presencia y la temperatura ha decidido adaptarse a la estación, el frío, la lluvia y la nieve densa ponen los adjetivos y nos exigen estar alertas.

cruzando el puente

Nada más atravesar un pequeño puente peatonal comienza la senda de los caracoles, denominación que, aunque pudiera ser una curiosa metáfora, refleja perfectamente la descripción del trazado. Las sinuosas curvas en pendiente ponen a prueba nuestras piernas mientras el frío se va notando en cada metro que ascendemos y las manos, los pies y el rostro van soportándolo. Con todo, y podríamos decir que como recompensa, la vegetación, en el alto bosque de coihues con sotobosque de cañas colihues y berberis, muestra su mejor paleta de colores en su opulenta densidad, y la panorámica que se avista preludia un esfuerzo con premio.

aparece la nieve

Cuál pulgarcitos guiados por las marcas en el camino

Los caracoles se van superponiendo en el recorrido y después de cuatro o cinco espirales alcanzamos la denominada almohadilla, que se sustenta en un portentoso bosque de lengas. La belleza no se puede describir. La altura es incuestionable: el frío araña la piel y el suelo comienza a tejer una mullida alfombra blanca que con las huellas que han ido dejando quienes nos precedieron, (si el viento y la nevada no las borraron), serán la mejor guía para no despistarse y lograr llegar al destino, así que como pulgarcitos seguimos las suelas talladas en la nieve confiando en que en este caso serán el mejor salvoconducto para alcanzar nuestra meta.

La vegetación deja de ornamentar el trayecto cuando llegamos al llamado descanso de los caballos. A partir de aquí las rocas son las que trazan el terreno; el sendero continúa por el filo y se  asoma al inmenso vacío que regala la estampa. Pero si hablamos de impactos visuales, el mirador que encontramos en la senda nos ofrece un espectáculo: el glaciar Castaño Overo, la cascada chorreando desde el alto, la cima del Tronador de fondo y todo el valle a los pies. La imagen es una provocación. Ahora, más que en ningún otro momento, llegar al refugio es no sólo un deseo sino una necesidad para agarrar con pies y manos la inigualable vista que se insinúa en la distancia. El cansancio ya se notará después. Mirar hacia delante y estimular la vista para que los pies no paren el ritmo. Mirar al suelo, seguir las huellas y localizar las marcas que están pintadas en las rocas (que curiosamente, al ser blancas, se confunden con la nieve). Y en todo el recorrido, una distinción: el Tronador susurra feroz con los truenos que le denominan y se entienden sólo en el oído.

glaciar 2
glaciar 1

El refugio que te abraza cuando llegas

Las huellas incrustadas en la nieve y las señales en las rocas nos van conduciendo. Las piernas pesan, los pies se arrastran, la nariz moquea reconociendo el frío invernal que se siente a los 2000 metros de altitud que estamos alcanzando. Cinco horas después del inicio del camino la luz del día empieza la cuenta atrás, y con esa última iluminación oteamos el Refugio Otto Meiling: nuestro destino.

refugio 1
refugio 2

Llegamos. Sale humo por la chimenea. El techo de chapa escurre el agua de la nieve que se va acumulando en las canaletas del tejado. En la entrada se amontonan decenas de botas y las  mochilas se cuelgan esperando secarse. En el salón de la casa bancos y mesas de madera reciben a quienes han recorrido el camino y que ahora charlan relajadamente, juegan a las cartas o leen placenteramente. El calor que desprende la estufa es como un abrazo de bienvenida. El sonido del fuego, una melodía sedante, casi narcótica. Los pies, ahora descalzos, comienzan a liberarse. Los refugieros reciben con una sonrisa  al caminante que llega y  le escuchan cómo relata su travesía. El puchero gigante que está en el fuego empieza a perfumar deliciosamente el ambiente. La cena está deliciosa. Las fuerzas se han quedado en el sendero así que bien temprano las luces se apagan en una enorme habitación que acoge los sueños de todos los que hemos llegado. Y en apenas minutos de diferencia van apagándose las voces, los susurros nocturnos, la adrenalina y hasta el entusiasmo. El silencio se adueña del espacio. La montaña consigue, como pocos lugares, acompañar el ritmo natural del día y hacerle caso al sol. Así que cuando el alba despunta es el mejor momento para inaugurar el día y contemplar con la mejor luz posible la inconmensurable vista que ofrece este lugar.

despertando

Amanecer tan cerca del cielo

Despertarse en el Tronador es un regalo que no puede despreciarse. La nieve intacta, profunda, brillante enciende un día deslumbrado por un sol generoso que ha limpiado el cielo para permitir al espectador disfrutar del espectáculo. Hay que abrir los ojos como nunca para deleitarse en la gama de blancos que pinta la nieve y el azul fosforescente del cielo que ha desterrado el gris. Hay que pisar el suelo y dejar que cruja en el sonido perfecto que permite la textura matinal. La cumbre del Tronador y el glaciar se muestran espléndidos, casi transparentes. Las nubes se han ido generosamente para no estropear la vista.

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Tronador

Y el caminante, como el más obsesivo de los vouyeurs, se cruza de brazos, se sienta en una roca helada y mira, en un giro de 360º, cada uno de los píxeles que componen esta colosal panorámica que se graba en la retina como una perfecta instantánea.

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Después de la contemplación casi ascética hay que reponer fuerzas para el regreso en un ejercicio mucho más profano. El descenso es más fácil y el sol nos enseña el camino en todo su esplendor. De nuevo las rocas, los bosques, las lengas, las cañas. Ahora encendidos.

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El trayecto es el mismo y sin embargo es un viaje distinto. La mirada ha cambiado la dirección y este paseo, que ya es otro, se acomete como una nueva aventura. Volvemos sobre nuestros pasos, girando los pies y reconociendo nuestras huellas que ahora también han tatuado esta senda.

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Puedes ver más fotos en el álbum Tronador de Flickr EternómadE

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Una respuesta a “Patagonia argentina: llegar al Tronador conducidos por su murmullo

  1. No se pueden agregar palabras … sólo sentir, a medida que avanza el relato, las vivencias experimentadas por uds en semejante grandiosidad. Como las de algún otro que los ha precedido.

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