Housesitting, cuidar el hogar de otro

En la primera vez (de todo) se intercalan (siempre) la mezcla de nervios y la torpeza, con la excesiva meticulosidad para no equivocarte y el entusiasmo de probar algo nuevo y deseado. Nos ha pasado siempre. Nos seguirá pasando. Ojalá.

housesitting3

La primera vez de nuestro Housesitting oficial también fue como toda primera vez. Después de haber dormido dos noches con un ornitólogo (sí, somos así de originales), nos tomamos un tren que nos llevaría al pueblo con estación más cercano a nuestra próximo destino, la casa favorita.

En el andén estaban esperándonos nuestros anfitriones. Un par de besos. Un hola qué tal, medio en inglés, medio en castellano y let’s go. Hicimos un breve recorrido por el pueblo, ya que ese iba a ser el centro urbano (con todos los servicios) más cercano que íbamos a tener. Una parada en el súper para hacer un mínimo acopio de víveres. Un vistazo general para ver dónde está todo. Varias fotografías visuales confiando que la memoria las recordase. Y seguimos ruta.

Nos adentramos en un camino desconocido, en un itinerario que era extraño y que se convertiría en habitual por el próximo tiempo. Un recorrido nuevo que nos llevaba a nuestra casa. Y la casa, al final de una senda larga, al costado de un valle, rodeada de olivos y con alguna otra casa (no muchas) que se ven a lo lejos, a la distancia. Preciosa. Y silencio. Mucho silencio.

Entorno

El entorno

La primera impresión fue aún mejor de lo que esperábamos. Era más bonita de lo que habíamos imaginado. Las fotos, lo sabemos, por muy buenas que sean, nunca son justas y suelen saber a poco. La imagen real siempre es más perfecta.

Era realmente hermosa. Acogedora. Amplia. Luminosa. Con unas vistas de escándalo en un entorno privilegiado. Con todas, absolutamente todas, las comodidades. Con una decoración sobria y hermosa que la hacía aún más especial. Con sus anchas y sólidas paredes de piedra. Con sus vigas de madera. Con libros en varios idiomas repartidos por las estanterías.

La recorrimos con parsimonia para auscultarla. Para conocer qué había en los rincones. Dónde iba a sucederse nuestra vida en los siguientes dos meses y medio. La cocina que mira al valle. El salón con la chimenea dispuesta y seductora (aunque en esos días todavía hacía mucho calor). El dormitorio. La terraza. Los baños. La huerta. Los caminos que sugerían paseos al principio del día o como inspiración para terminar la jornada.

cocina que mira al valle

cocina que mira al valle

Compartimos charla y consejos. Esto es así. Así funciona esto. Detalles precisos. It’s ok. Don’t worry. Recomendaciones que fuimos anotando en un cuaderno para evitar despistes, dudas o errores. Los paneles solares. El generador. El tanque de agua. Conocimos a las gatas que nos acompañarían en la estancia y que, como suelen ser los gatos, se mostraron esquivas al principio. Y al perro, grande, tranquilo, bonachón, que se iba con sus amos.

Cocinamos y cenamos juntos (owners y sitters). Charlando. De la casa y de la vida.

Nos fuimos a dormir sabiendo que estábamos en un sitio hermoso, privilegiado. Disfrutando de los días que vendrían en ese hogar que ya sentíamos en la casa de otros y que nos la confiaban para cuidarla como si fuera nuestra.

Predicar con el ejemplo

A la mañana siguiente, en el desayuno, anotamos algunos consejos y recomendaciones más. Nos comunicaríamos por mail y skype (el teléfono era más difícil porque la cobertura brillaba por su ausencia). Y los despedimos. Nos quedamos a solas en nuestra nueva morada. Recorriéndola para aprenderla un poco, desperdigando nuestras cosas,  intuyendo el aprendizaje que se avecinaba al vivir sin red eléctrica, dependiendo de la energía solar y contando con un generador por si al sol le daba por desaparecer demasiado; sabiendo que había que controlar el consumo de agua (no proviene de una traída común como estamos acostumbrados) sino que se llena con la lluvia y si ésta escasea, hay que comprarla.

Así que nosotros, amantes de la naturaleza, defensores y divulgadores de la ecología, pero más urbanitas que rurales, nos sentimos dos robinsones que tenían que adaptarse a una vida sin restricciones pero sí con mucha conciencia. Así nos había llegado la hora de predicar con el ejemplo. De poner en práctica una filosofía de vida más allá de leer o escribir al respecto.

Confianza mutua

Son muchos los que desconocen de qué se trata el Housesitting (ese es uno de los motivos por los que estamos escribiendo nuestra experiencia), muchos los que no entienden que alguien deje su casa y mascotas a unos desconocidos (de cualquier nacionalidad) y se vaya tan tranquilo. En primer lugar es una cuestión de filosofía vital. Así de simple. Cada vez hay más gente (aunque eso no se diga mucho) que confía en la gente, que quiere construir espacios más humanos, que utiliza las redes de forma que sumen, desarrollen e inspiren relaciones próximas y reales, que quiere recuperar la confianza en el otro desterrando esos miedos que nos venden fomentando un individualismo que, a su vez, incentiva no solo la desconfianza sino también el consumo como mecanismo para adquirir seguridad.  Por eso, hay gente que deja su casa al cuidado de extraños, por eso hay extraños que cuidamos/cuidan casas y mascotas que no son suyas como si lo fueran; por eso viajas y puedes dormir en el sofá de alguien que no has visto nunca  pero que te recibe feliz y con quien tu viaje, seguramente, será más extraordinario; por eso se comparte coche con desconocidos… y los que prueban (lo probamos) todas estas crecientes posibilidades repetimos y sabemos cuánto suman estas experiencias a los viajes y a la vida.

¿Y qué tenéis que hacer?

Pero los escépticos o los curiosos siguen preguntando, entonces ¿qué tenéis que hacer? Depende de cada caso. Cada owner (propietario) pone sus condiciones, con lo que en cada situación habrá unas obligaciones que cumplir previamente acordadas. Ya hemos dicho que el Housesitting no es acceder a una vivienda que no pagas. Hay que asumir unas responsabilidades. En este caso concreto, nosotros teníamos que ocuparnos de todo el sistema de energía solar fotovoltaica, lo que implica (ya lo contaremos más detenidamente en otro post) hacer un seguimiento de la carga solar, la orientación correcta de los paneles y comprobar periódicamente que todo esté funcionando perfectamente. Cuidar a los animales, hacerse cargo del jardín, de la piscina y de la huerta (como lo harías en tu casa, es decir, un mantenimiento) y, obviamente, tener la casa limpia y solucionar los imprevistos que pueden suceder (como nos pasó en un par de ocasiones).

haciendo mimos

mimando a una gata

Con esa predisposición, dispuestos a cuidar la casa, las gatas, a hacernos cargos del funcionamiento de la energía solar y a desarrollar nuestro proyecto EconómadE y otros que están en proceso, la primera mañana solos nos despertó el alba colándose en las ventanas del dormitorio.

Los rojos y naranjas en el cielo nos dieron los buenos días. Puro espectáculo. Indescriptible.

El entorno nos invitaba a vivir con el día, acomodarnos al sol para seguir sus ritmos, que iban a ser los nuestros.

En la próxima entrega contaremos cómo nos adaptamos a la vida en la casa (con anécdotas)

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