Cómo llegar a la Puna Catamarqueña. Para arriba, siempre para arriba

Ir a la Puna es ascender rápido aunque, por esa misma razón, el viaje debe ser lento. Puede parecer una contradicción pero es una verdad como un templo. Conviene tenerlo en cuenta. Palabra de dos recién llegados de las alturas.

Primera parada: Belén

Cuando ganas un viaje nada te quita el sueño, si acaso los nervios porque llegue el día y un inconveniente te impida llegar a tiempo a la terminal Retiro. En el correo electrónico teníamos dos pasajes de autobús y un resumen del itinerario previsto en arial 10. Con eso y una mochila para dos empezaba la aventura. 14 horas después de salir de Buenos Aires llegamos a San Fernando del Valle de Catamarca y de ahí a Belén, no a la bíblica sino a la capital del poncho, mucho más cerca y más apropiada para este viaje, no sólo por su ubicación en el mapa sino por la altura superior a 1.000 m.s.n.m, lo que, en este caso, nos iba a ayudar a aclimatarnos. No era una cuestión menor. En nuestra inmersión en la Puna catamarqueña íbamos a superar, en algún momento, los 4.800 m.s.n.m. Semejante novedad nos iba a devolver un poco a esa infancia de preguntas cansinas para los adultos acompañantes. Íbamos a ser esos que miran y preguntan constantemente a cuánta altitud estábamos. Como si quisiéramos aplaudirnos por la hazaña para sentirnos un poco orgullosos.

En Belén

Antes de felicitarnos (o no) por la gesta de sobrevivir con menos oxígeno del acostumbrado elucubramos entre todos los presentes (8 personas componíamos el grupo de viaje) sobre qué podía pasar y cómo hacerle frente a esa altura elevada. Algunos con experiencia recomendaban calma, otros enumeraron potenciales desgracias que a más de uno le habrían animado a salir corriendo (hemorragias nasales, dolores de cabeza insoportables, vómitos…). Mauricio, el guía de Chaku Aventuras y organizador del itinerario, nos eliminó el vino de la cena (para  desgracia de la mayoría del grupo) y nos sugirió un menú liviano para que el cuerpo se fuera preparando. No se preocupen por lo demás, dijo. Pero a pesar del consejo del experto hubo un rato, en la cena y en el desayuno, que no se habló de otra cosa. Sugestionarse es un deporte recurrente y no todos creen en aquello de la profecía autocumplida.

Sergio, habitante de Antofagasta de la Sierra y guía experto de la Puna, fue nuestro cicerone desde la mañana siguiente. Con él íbamos a llegar a la Puna. Y  con él entendimos cómo hay que hacerlo. Lo primero, teniéndolo muy claro, por eso cuando le preguntábamos por la altura a la que estábamos nos respondía riéndose: “para arriba, siempre para arriba”. Más allá de su verdad científica (ascendíamos todo el tiempo), esa afirmación esconde un aprendizaje para los novatos en el lugar. Ir para arriba no sólo era sumar metros sobre el nivel del mar y sentir determinados síntomas que la confirmaban, era también una actitud imprescindible para entender el lugar y sugerir una manera de vivirlo. Además de esa máxima apropiada otro elemento que puede ser útil en la Puna es un ingrediente natural muy utilizado en las regiones del Altiplano: mascar hoja de coca (también  beberse un té de esa hoja). Él lo hacía y nosotros lo imitamos. A mí mi madre me enseñó, siguiendo el refranero popular, que allí donde fueres, haz lo que vieres. Comportarse como los locales generalmente suele ser recomendable y casi siempre acertado. De hecho, ninguno nos apunamos (así se llama en la zona, para los que no lo saben, a sufrir el mal de altura).

Con Chaku en Puerto Viejo

Cuestas, dunas y cráteres

El para arriba que nos decía Sergio es también mirar hacia lo alto y embelesarse con la magnitud de las rocas que le dan nombre a un puerto que emerge a dos mil metros por encima del nivel del mar, el tamaño de los cráteres de los volcanes que se van sumando en la ruta, las dunas que llenan las cumbres de arena en la Cuesta de Randolfo, las nubes, que parecen más accesibles que nunca; la luz que ilumina con más intensidad e invade el camino de colores potentes para que nosotros, recién llegados, no seamos capaces de cerrar la boca en un estado incorregible de estupefacción.

Dunas

Sergio no corría. Nosotros tampoco, claro. Por imitación y por necesidad. Sergio detenía su camioneta para que tirásemos decenas de fotos mientras nos contaba, con risas obviamente, que los asiáticos que han llegado a la Puna miran tanto con la cámara que no ven el paisaje con los ojos. Interesante reflexión, sí señor.

  • ¿A qué altura estamos, Sergio?
  • Para arriba, siempre para arriba.

Eso sí, luego nos decía el número correcto que marcaba el GPS pegado en la luna delantera de su 4×4. Tenía razón. Para arriba, siempre para arriba.

Montañas

Subimos de Puerto Viejo a la Cuesta de Randolfo. Y a Barranca Larga. Y seguimos el ascenso hasta llegar al Peñón y comprender que a medida que subíamos el paisaje era más espectacular.

  • No agachen la cabeza. Para arriba, siempre para arriba.

Si lo hubiéramos hecho, al levantarnos el mareo hubiera sido monumental.

  • ¿Ahora a dónde vamos, Sergio?
  • Para arriba, siempre para arriba.

Nos reímos, claro. No preguntes. Déjate llevar. Y así, cuando estábamos a punto de entrar en su pueblo, Antofagasta de la Sierra, nos detuvo para mostrarnos los dos volcanes más próximos que anteceden a esta villa hermosa: el Alumbrera y el Antofagasta. Nos señaló las diferencias entre ambos. Y nos repitió los nombres, a ver si los aprenden.

volcán
tierra volcánica

Enseguida, hay una laguna de un azul intenso y a la que acompaña un cartel que nos da la bienvenida y dice que estamos a 3.323 m.s.n.m. Llegamos arriba y estábamos en la Puna catamarqueña.

Antofagasta

Por ahora era suficiente pero íbamos a ir más para arriba. Es la Puna y ahí siempre se puede (y se debe) ir más alto.

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